Tejer la democracia en la mente

septiembre 27, 2021

Antes de las recientes elecciones, le pregunté a cuanta persona pude, si sabía el nombre y el curriculum de los candidatos de su distrito, municipio o Estado. De igual manera les solicité que me delinearan el perfil ideológico de los partidos. La respuesta fue muy contundente, una ignorancia total.

¿Qué clase de democracia estamos viviendo, que desconocemos algo tan elemental a la hora de elegir? Algo no está bien, estamos tomando muy importantes decisiones basadas en endémicas ideas, superficiales conceptos, impulsos inducidos por la manipulación de la propaganda y la publicidad y en fin por patrones simplistas de votar por ocurrencias y costumbres.

Navegamos en aguas del impulso y la ignorancia. La conciencia responsable y bien informada brilla por su ausencia. Es evidente que la demagogia, la oratoria barata, el populismo y la mercadotecnia política dominan el escenario. Caras, logos, lemas, estúpidas canciones, vetustas mantas, pancartas, pintas de bardas y ahora el uso de redes sociales con las mismas baratijas, inundan el entorno, para inducir al cliente a que consuma la chatarra política.

Las boletas electorales tienen muy poca información de los partidos, sus propuestas y posturas, al igual que del perfil de los candidatos. Y por ello es una elección basada en una muy escasa cultura política que además refleja una superficial manera de decidir algo tan importante para la vida política de una sociedad. De plano se eligen por logos de partidos y lo que cada quien ha configurado del abstracto que representa cada partido. Es más una elección emocional afectiva que producto de la reflexión y el conocimiento.

Si queremos mejorar nuestra democracia, las boletas electorales deben presentar las ideas y propuestas de los candidatos y el perfil ideológico del partido. En cada casilla se deben presentar los curriculums y la mayor cantidad de información de lo que propone el candidato y hacer de la elección una fuente de cultura e ilustración y no una empapada de ignorancia e irracionalidad, como hasta ahora lo venimos haciendo.

Entre más información y cultura tengamos, el sufragio será más serio y la democracia se sustenta en el saber y no en la ignorancia, como hemos venido proponiendo. Mentalmente tenemos que edificar más conciencia ciudadana. Una mayor claridad de la pluralidad genuina en la que vivimos, con una representatividad apegada a la amplia diversidad social en la que convivimos.

Tejer, es construir, ampliar y en fin crear. De esta manera dejamos de reducir, recortar, disminuir y simplificar una importante elección política al promover una forma simplista y confusa de elegir a quién nos ha de gobernar o legislar. De aquí que hemos de reflexionar también en la gran diferencia de un voto bien informado y culto, de uno que no lo es. Por lo que sí debe de haber un valor cualitativo y no sólo cuantitativo. Aquí está un gran error de nuestras incipientes democracias. Que el voto sólo sea cuantitativo y valga igual el del ignorante e impulsivo que el de una persona culta y reflexiva.

Si para ejercer una profesión u obtener hasta una licencia de manejo, se requieren estudios y un examen, no vemos razón alguna para que los votantes demuestren que son aptos para elegir de una manera más responsable la conducción de un país.

La credencial para votar, debe de ir más allá de sólo constatar la identidad sino también la aptitud. No puede tener el mismo valor el voto del culto que el del ignorante, como tampoco el de un loco, que el del cuerdo. Del que sí paga impuestos o del que no lo hace, al igual que el de un delincuente con el de intachable conducta. Falta mucho por aportar para pulir y perfeccionar la muy endeble y frágil naciente “democracia” que tenemos y aún seguimos ejerciendo.

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